Textos: Ex 20, 1-17; 1Cor 1, 22-25; Jn 2, 13-25
El Evangelio de este domingo de Cuaresma nos presenta una situación y actuación de Jesús fuera de lo común. Propongo las siguientes reflexiones:
1. La indignación de Jesús y su actuación violenta en el Templo nos sorprende. Jesús se monta en cólera ante el estado del Templo convertido en un negocio. No reconoce en ese lugar el verdadero culto a su Padre. A Dios no se le puede comprar con ofrendas y sacrificios. Ni esa puede ser la casa de Dios-Padre de encuentro de sus hijos como hermanos y hermanas. Esa no es la casa del padre y echa a latigazos a todos; no soporta la situación. Jesús se siente como un extraño en aquel lugar.
Para comprender la gravedad de la actuación de Jesús les leo la interpretación de un teólogo: “Atacar el templo era atacar el corazón del pueblo judío: el centro de su vida religiosa, social y política. El Templo era intocable. Allí habitaba el Dios de Israel. ¿Qué sería del pueblo sin su presencia entre ellos? ¿Cómo podrían sobrevivir sin el Templo?
Para Jesús, sin embargo, era el gran obstáculo para acoger el reino de Dios tal como él lo entendía y proclamaba. Su gesto ponía en cuestión el sistema económico, político y religioso sustentado desde aquel «lugar santo». ¿Qué era aquel templo?, ¿signo del reino de Dios y su justicia o símbolo de colaboración con Roma?, ¿casa de oración o almacén de los diezmos y primicias de los campesinos?, ¿santuario del perdón de Dios o justificación de toda clase de injusticias?
Aquello era una «cueva de ladrones». Mientras en el entorno de la «casa de Dios» se acumulaba la riqueza, en las aldeas crecía la miseria de sus hijos. No. Dios no legitimaría jamás una religión como aquella. El Dios de los pobres no podía reinar desde aquel Templo. Con la llegada de su reinado, perdía su razón de ser.”
2. El evangelio de Juan introduce una interpretación adicional. El Templo de Jerusalén, y todos los otros templos de construcción humana, como lugar de en donde reside Dios es algo del pasado. El nuevo Templo es Jesús, y es también todo ser humano. A Dios no se le sirve más en el templo construido con piedras, sino en el hombre como hijo de Dios. Es la profunda novedad que nos ha venido a traer Jesús.
El Evangelio nos invita a dar este paso en el seguimiento de Jesús. A Dios no se le puede encerrar en un templo. Toda creación es su Templo; allí se hace presente y se le encuentra. El nuevo Templo es Jesús, destruido en su muerte, pero reconstruido en su resurrección por el Padre. Esto fue considerado como locura, necedad, escándalo para los sabios y religiosos de los tiempos de Jesús, y es algo difícil de digerir para los que nos consideramos religiosos hoy día.
El cristiano por el Bautismo ha sido sepultado en la muerte de Cristo y, como Él, resucita de la muerte por la acción del Padre y entra en una vida nueva. Por eso el cristiano es un signo para el mundo de Jesús muerto y resucitado; es una persona nueva. Su humanidad, al igual que la de Cristo es templo de Dios, y su espíritu habita en nosotros.
3. Para encontrarse con Dios no es suficiente entrar en una iglesia, es necesario acercarse a Jesús, entrar en su proyecto, seguir sus pasos, vivir con su espíritu. La verdadera adoración consiste en vivir con el espíritu de Jesús, manifestado en el Evangelio. Las iglesias y los templos son necesarios en tanto que sirvan para celebrar a Jesús como Señor, pero él es nuestro verdadero templo.
La propuesta del Reino que nos trae Jesús es crear comunidades como espacio donde los hombres y mujeres se puedan sentir hermanos, hijos de un mismo Padre. Un espacio de puertas abiertas, donde nadie se sienta excluido ni discriminado. Un espacio donde nos podamos escuchar, dejando a un lado nuestros intereses y egoísmos y en donde busquemos aliviar la carga de los más necesitados. En la propuesta del Reino, el verdadero culto al Padre se da cuando trabajamos por construir esa comunidad de hermanos.
4. Tenemos una muy buena noticia: Las puertas de este nuevo templo que es Jesús están abiertas a todos. No es necesario que tengamos méritos ni que nos hayamos portado bien, ni que seamos considerados personas religiosas, cumplidoras de nuestras obligaciones. Nadie, nadie está excluido. Jesús es de todos y para todos. Los únicos preferidos son los necesitados de amor y de vida. Así está expresado claramente en las Bienaventuranzas, el mensaje central del Reino.
TAREA
1. Contemplación.
La Cuaresma es tiempo de contemplar, de intensificar nuestro contacto con Jesús para que su contemplación nos vaya cambiando desde dentro, como por contagio.
Es fácil imaginar la violenta escena del Templo, la justa indignación de los mercaderes y más aún la de los sacerdotes. Imaginamos la figura de Jesús, con el látigo de cuerdas en la mano … “Reflectimos” sobre nosotros mismos, sobre lo que nos dice esta escena. Recordamos las palabras de Pablo: Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios. “Porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres”. Pedimos a Dios que cambie nuestra mentalidad, que seamos capaces de entender a Jesús como es.
2. Examen
La actuación de Jesús nos pone en guardia a todos sus seguidores y nos obliga a preguntarnos por la religión que estamos cultivando en nuestros templos.
* ¿Qué religión es la nuestra? ¿Hace crecer nuestra compasión por los que sufren o nos permite vivir tranquilos en nuestro bienestar? ¿Alimenta sólo nuestros propios intereses o nos pone a trabajar por un mundo más humano y habitable?
* ¿Son nuestras iglesias lugar donde nos encontramos con el Padre de todos, que nos urge a preocuparnos de los hermanos, o el lugar en que tratamos de poner a Dios al servicio de nuestros intereses egoístas?
* ¿Qué son nuestras celebraciones? ¿Un encuentro con el Dios vivo de Jesucristo que nos impulsa a construir su reino y buscar su justicia, o la puesta en práctica de unos mecanismos de los que esperamos obtener efectos tranquilizadores?
* ¿Qué son nuestros encuentros dominicales? ¿Una escucha sincera de las exigencias y las promesas del evangelio y una celebración de nuestro compromiso de fraternidad, o el cumplimiento de una obligación rutinaria y aburrida que nos permite una «cierta seguridad» ante Dios?
SALMO 63
Oh Dios, Dios mío, a Ti te busco
mi alma tiene sed de Ti,
por ti suspira mi cuerpo,
tierra seca, sedienta, sin agua.
Mejor es tu amor que la vida.
Mis labios cantarán tu alabanza.
Yo quiero bendecirte en mi vida
y levantar mis manos en tu nombre.
Tendido en mi lecho pienso en Ti,
en Ti medito al caer de la tarde,
en Ti que fuiste mi socorro
y me alegro a la sombra de tus alas.
Mi alma se refugia junto a Ti
y tu diestra es mi fortaleza.
Mi alma tiene sed de Ti,
A Ti te busco, ¡oh Dios, Dios mío!.
El Nuevo Templo. Jn 2, 13-25
Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los que cambiaban dinero en sus puestos. Haciendo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del Templo, con las ovejas y los bueyes; desparramó el dinero de los cambistas y les volcó las mesas; y dijo a los que vendían palomas: “Quiten esto de aquí. No hagan de la Casa de mi Padre un mercado”. Sus discípulos se acordaron entonces de lo que está escrito: “El celo de tu casa me devora”. Los judíos entonces le replicaron diciéndole: «¿Qué señal nos muestras para obrar así?» Jesús les respondió: «Destruyan este Santuario y en tres días lo levantaré.» Los judíos le contestaron: «Cuarenta y seis años se han tardado en construir este Santuario, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?» Pero él hablaba del Santuario de su cuerpo, y cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús.
Mientras estaba en Jerusalén por las fiestas de la Pascua, muchos creyeron en él, viendo los signos que hacia. Pero él no se fiaba de ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba del testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre