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Jueves Santo, 5 de Abril de 2012

La liturgia de este día se centra en el recuerdo de la cena de despedida que Jesús realiza con sus discípulos y en los dos aconteci­mientos que en ella se desarrollan: el lavatorio de los pies y la institución de la eucaristía.   Los dos signos expresan exactamente la misma realidad: la entrega total de sí mismo.

Al ponerse a la mesa con los discípulos, Jesús les revela la importancia de este acto:”Cuánto he deseado comer con ustedes esta Pascua antes de mi pasión” (Lc 22, 15). En esos gestos, en esas palabras está encerrado todo lo que fue Jesús durante su vida y todo lo que tenemos que llegar a ser nosotros como cristianos.

“Todas nuestras eucaristías son un recuerdo, actualizado, presente, de Jesús vivo, y una comunión, con él y entre nosotros. La de hoy es el recuerdo, actualizado, presente, de la última de las cenas de Jesús con sus discípulos, y nuestra cena con Jesús y sus discípulos. Como en todas, pero más que en ninguna, hoy prima el recuerdo. Pero, además, la presencia. Y todo ello, en el signo: el pan compartido”. (Galarreta)

Nuestras eucaristías son “memoria”, son “presencia”, son “entrega” y compromiso. “Una hermosa frase de Panikkar lo resume bien: “No es que en la Eucaristía el pan se transforme en Cristo, sino que Cristo es pan, y como tal se le reconoce en la liturgia eucarística”. Aplicándolo a la celebración diríamos que no se trata tanto de que nosotros comemos ese pan sino que aceptamos ser pan, grano triturado y entregado para la vida del mundo. Sin esta dimensión de compromiso, de entrega al servicio, ni la vida ni la pasión de Jesús, ni nuestra vida ni la celebración de la eucaristía tienen ningún sentido” (Galarreta). Dios en Jesús es el Pan y Vino de la Vida.

Tomemos conciencia de la importancia de lo que celebramos: “…Sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre y habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”.

Y el relato termina:   “¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes?  Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo que soy el Maestro y el Señor les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros”.

En estas dos frases tenemos la clave de la celebración de hoy.   En el gesto del lavatorio de los pies, Cristo está tan presente como en la celebración de la eucaristía. Lavar los pies era un servicio que sólo hacían los esclavos. Jesús quiere manifestar que él está entre ellos como el que sirve, no como el señor. “Yo estoy entre ustedes como el que sirve.” Jesús denuncia la falsedad de la grandeza humana que se apoya en el poder o en el dominio de los demás. La verdadera grandeza humana está en parecerse a Dios que se da sin condiciones ni reservas.

Poco después del texto que hemos leído, dice Jesús: “Les doy un mandamiento nuevo, que se amen unos a otros como yo les he amado”. Esta es la explicación definitiva que da Jesús a lo que acaba de hacer. Para el que quiere seguir a Jesús, todo queda reducido a esto: ¡Ámense!  ¡Atención!: Jesús no dijo que debíamos amar a Dios, ni siquiera que debíamos amarle a él, sino que tenemos que amar como Dios ama, como él mismo amó.

Tenemos que hacer un esfuerzo por descubrir el verdadero signifi­cado de la eucaristía a la luz del lavatorio de los pies. Jesús toma un pan y mientras lo parte y lo reparte les dice: esto soy yo. Yo soy pan, soy vida que se derrama por todos, que da vida a todos, que saca de la tristeza y de la muerte a todo el que me come, al que me bebe… Eso soy yo. Eso, tienen que ser ustedes.

Una eucaristía celebrada como devoción que comienza y termina en la iglesia, no es la eucaristía que celebró Jesús. Celebrar la eucaristía es aceptar el compromiso de darse hasta el final. La eucaristía no es más que el signo (sacramento) de la entrega. Sin el compromiso de darse hasta el final, la eucaristía se queda en rito vacío.

Por el contrario, la presencia real de Jesús en la eucaristía debe potenciar el verdadero significado del gesto. Nos debe de recordar en todo momento lo que Jesús fue y lo que nosotros, como cristianos, debemos ser. El peligro de cambiar  este sentido dinámico por una mera adoración, empobrece el sacramento y puede convertirlo en algo neutro, que nada me exige y nada me motiva.

Lo que Jesús quiso decirnos en estos gestos es que él era un ser para los demás, que el objetivo de su existencia era darse; que había venido no para que le sirvieran, sino para servir.

Comer materialmente el pan y beber literalmente la sangre, no es más que un signo (sacramento) de la adhesión a Jesús, que es lo verdaderamente importante. Se trata de identificarse con su manera de ser hombre, resumida en el servicio a los demás hasta deshacerse por ellos.

Jesús tiene la misma Vida de Dios, y todo el que le siga tendrá también la misma Vida, la definitiva, la trascendente, la que no se verá alterada por ninguna muerte.

En resumen, Jesús comunica en esta cena tres mandatos principales: “Ámense unos a otros”,  como él nos ha amado; “lávense los pies unos a otros”, servicio solidario como signo de que somos sus discípulos; “Hagan esto en memoria mía”, hacer memoria y revivir la celebración de la cena del Señor.

(Adaptación basada principalmente en las palabras de Fray Marcos)

 

DEL EVANGELIO DE JUAN (Juan  13: 1-15)

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.

Durante la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle, sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, se levanta de la mesa, se quita sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echa agua en una jofaina y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que  estaba ceñido.

Llega a Simón Pedro; éste le dice: « Señor, ¿tú lavarme a mí los pies? » Jesús le respondió: « Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora: lo comprenderás más tarde. » Le dice Pedro: « No me lavarás los pies jamás. » Jesús le respondió: « Si no te lavo, no tienes parte conmigo. » Le dice Simón Pedro: « Señor, no sólo los pies, sino hasta las manos y la cabeza. »

Jesús le dice: « El que se ha bañado, no necesita lavarse; está del todo limpio. Y ustedes están limpios, aunque no todos. »  Sabía quién le iba a entregar, y por eso dijo: « No están limpios todos. »

Después que les lavó los pies, tomó sus vestidos, volvió a la mesa, y les dijo: « ¿Comprenden lo que he hecho con ustedes?  Ustedes me llaman “el Maestro” y “el Señor”, y dicen bien, porque lo soy.  Pues si yo, el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros.  Porque les he dado ejemplo, para que también ustedes hagan como yo he hecho con ustedes.

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[Pan de la Palabra. 2011]”… Del gesto y la palabra hay que pasar a los hechos. Celebrar la cena del Señor significa sentar a la mesa de la prosperidad y del bienestar a los que no están; a los que no disponen ni de mesa, porque no tienen nada que poner encima. Significa recrear un mundo, en el que se comparta la vida, el bienestar, la felicidad… Lavar los pies significa procurar agua potable a los que no lo tienen, sanar las heridas de quienes carecen de remedios; crear espacios dignos a quienes pisan barro o malviven en un rancho. A esto ha de conducirnos la celebración de la eucaristía de la memoria de Jesús, que amó hasta dar la vida. Este es nuestro signo de identidad como discípulos de Jesús: “en el amor que se tengan unos de otros, conocerán que son mis discípulos” (Jn 15,35).

A continuación Salmo:  Gestos de Amor Fraterno

(Hacer click sobre el texto abajo una vez y luego otra vez al aparecer la nueva pantalla)

Jueves Santo Gestos de Amor Fraterno

 

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