Domingo 27 de mayo de 2012 P E N T E C O S T É S – DESPEDIDA DE LA VIRGEN
Hoy, celebramos dos momentos importantes. La primera, la despedida de la Virgen del Colegio. Piensen que esta celebración ni es un “adiós” ni, tampoco, un “hasta luego”. El otro momento es la presencia del Espíritu de Jesús en nuestras vidas, en la fiesta de Pentecostés. Y ambas están profundamente relacionadas.
La vida de Ignacio de Loyola fue, también, de continuas despedidas y nuevos encuentros con su madre, la Virgen María. En Loyola, desde su niñez, su referencia inmediata fue la Virgen de Olatz, ermita cercana a su casa. Cuando abandona la casa torre de Loyola y comienza su peregrinación, pasa por Aránzazu, de alta devoción regional. Se dirige a Cataluña, y allá permanece una noche en vela en Montserrat, a los pies de la Virgen Morena. Posteriormente, en Manresa vive intensamente 11 meses de experiencia espiritual, y en ese tiempo escribió fundamentalmente sus Ejercicios Espirituales. La figura de la Virgen María, como mediadora, para que ella lo ponga con su hijo Jesús atraviesa toda la experiencia. En el retablo central en la gruta de Manresa, se ve a Ignacio escribir los Ejercicios bajo la presencia de la Virgen María. Años más tarde, el Peregrino Ignacio, se encuentra en otra capilla dedicada a la Virgen del Camino, la Virgen de la Estrada, en la entrada a Roma. La relación de Ignacio con María, su Madre, es central en su vida, pero tiene un matiz inconfundible: Lo que pide insistentemente Ignacio a María, su Madre, es que lo ponga con su Hijo Jesús. Y la Virgen lo va llevando de la mano en su encuentro con su Hijo Jesús, a lo largo de toda su vida.
Ustedes, ignacianos e ignacianas, también, han tenido su peregrinación mariana. Las imágenes de María en los patios de Villa Piscina, Villa Loyola y el Rectorado, así como su presencia en cada una de las capillas, apunta a una peregrinación interior en cada uno de ustedes. Confío en que la devoción haya ido creciendo y les haya ayudado a madurar su fe en un Dios bondadoso, que se manifiesta en Jesús.
El Himno del Colegio apunta claramente los rasgos de esa devoción del ignaciano e ignaciana a María. “Oh, tú del Colegio la Estrella”. La Estrella fue la guía de los Magos de Oriente a la cuna del Niño-Dios; y la Estrella ha sido la guía de los navegantes en medio de un mar sin caminos ciertos. Nosotros le pedimos que esa Estrella ilumine el Camino, un Camino que nos conduzca de modo seguro hacia Dios. En el mismo Himno, cantamos la “tierna mirada” de María, que nos acoge y nos consuela. Y anhelamos con fuerza guardar por siempre la luz de esos ojos en nuestras almas, para que iluminen nuestras oscuridades e incertidumbres. Proclamamos que la queremos con nosotros, que no queremos separarnos nunca, pues la necesitamos permanentemente. Y como Ignacio de Loyola, le pedimos que nos ponga con su Hijo y que podamos acceder a su Espíritu.
Hoy, también, en esta fiesta de Pentecostés celebramos la presencia de Jesús en nosotros. En aquellos días, según los Hechos de los Apóstoles, los discípulos, con algunas mujeres, la madre de Jesús y sus parientes, permanecían íntimamente unidos en la oración. En ese contexto sobrevino la experiencia de la presencia del Espíritu de Jesús.
Cuando los discípulos trataron de expresar la experiencia del Espíritu que se apoderó de ellos, recurrieron al símbolo del soplo de un viento fuerte. El Espíritu de Jesús es como un fuerte soplo de Dios que mueve y que da vida. En el relato de la creación del libro del Génesis (2, 8), “…el Señor Dios modeló al hombre con la arcilla del suelo, sopló en su nariz aliento de vida, y el hombre se convirtió en ser vivo”. El Espíritu de Jesús es un soplo salido de la boca de Dios que da vida.
Las lenguas de fuego, que se distribuyeron y se posaron sobre ellos, son otro símbolo en el que expresaron la presencia del Espíritu de Jesús. Fuego que les inyectó un nuevo modo de ser, generando en ellos una nueva creación, y un nuevo modo de relacionarse con los demás rompiendo todas las barreras que separan. No se volvieron políglotas, sino que comenzaron a hablar en el lenguaje universal del amor, que todos entienden.
El Espíritu de Jesús es la manifestación del Espíritu de Dios, que le impulsa y le mantiene en la misión del proyecto del Reino.
El Espíritu de Jesús está presente, se vea o no, allá donde hay bondad, compromiso por hacer el bien, donde se sienta y se viva en libertad, donde sea inspiración de vida…
Pidamos a María, la Virgen del Colegio, que nos ponga con Jesús, como lo hizo con los discípulos en esa primera comunidad de oración, y que nos mantenga abiertos a lo que el Espíritu nos impulsa.