Textos: Ez 2, 2-5; Sal 122; 2Cor 12, 7-10; Mc 6, 1-6
Después de un tiempo, Jesús regresa a su tierra con sus discípulos para anunciar allá, también, la Buena Noticia. No hay razón para dudar de que la expectativa de Jesús de una respuesta positiva de sus coterráneos fuera elevada. Pero la sorpresa y el desconcierto de Jesús fueron mayores.
La respuesta de los habitantes de Nazaret que lo escucharon fue de asombro, de incredulidad: ¿Dónde aprendió este hombre tantas cosas? Si lo conocemos de toda la vida… lo mismo que a todos sus parientes. No pueden entender que la sabiduría con que habla y los signos de vida que hace puedan proceder del carpintero que ha estado con ellos tantos años como uno más. Nada cuadra con lo que ellos conocen de él. Y menos aún con lo que ellos esperaban de la figura de un Mesías. No se tragan la novedad que trae la persona de Jesús. Por tanto rechazan a Jesús, y no lo pueden aceptar. “Nadie es profeta en su tierra”.
Para los habitantes de Nazaret, Jesús es mirado como “uno más” de entre ellos. Y no como alguien que habla en nombre de Dios, y que de su boca salgan palabras de un elegido, enviado de Dios. Pero Dios eligió encarnarse en una persona específica, en un contexto específico, con un ropaje ordinario, de modo poco espectacular: trabajador artesano, de un pueblo perdido del Imperio Romano, sin calificaciones académicas, que comparte la comida con todos sin exclusión, sus pies transitan por los caminos polvorientos de Galilea y viste ropajes ordinarios. Este es el que pronuncia palabras del mismo Dios y sus gestos de curación son signos de la presencia del mismo Dios en medio de su pueblo y de su historia.
Jesús « se extraña de su falta de fe ». Es la primera vez que experimenta un rechazo colectivo, no de los dirigentes religiosos, sino de todo su pueblo. No se esperaba esto de los suyos. Su incredulidad llega incluso a bloquear su capacidad de curar: «no pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó a algunos enfermos ».
Marcos narra este episodio para advertir a las comunidades cristianas que Jesús puede ser rechazado precisamente por quienes creen conocerlo mejor: los que se encierran en sus ideas preconcebidas sin abrirse ni a la novedad de su mensaje ni al misterio de su persona.
Como dice un creyente: “Creer en Jesús significa admitir que en él está actuando el Espíritu, que sus dotes de sanador, sus palabras, no son simplemente fruto de un hombre genial, sino la obra de Dios mismo en él. Creer en Jesús significa aceptarlo como “hombre lleno del Espíritu”, significa aceptar que “Dios estaba con él”. Esto es lo que no podían entender sus convecinos, esto es lo que les producía escándalo. Para ellos, Dios había hablado por medio de Moisés, el gran milagro había sido el paso del mar; ahora tienen que aceptar que Dios habla por boca de su vecino Jesús el carpintero y sana por su medio. Tendrán que aceptar más: que Dios está con Jesús de una manera muy superior a la de Moisés. Jesús es El Hijo, el Predilecto, y hay que escucharle a él, incluso cuando sus palabras corrijan a Moisés.
Nuestra fe en Jesús significa pasar de la admiración por un hombre extraordinario a la aceptación de Dios presente en él. La humanidad de Jesús, Jesús hombre, nos plantea la pregunta que se hicieron también sus contemporáneos: ¿quién es éste? Creer significa contestar: éste es el Hombre lleno del Espíritu, el Hijo Predilecto, la Palabra hecha carne.” (Galarreta)
Saber mirar y saber reconocer el paso de Dios por la historia, por nuestras historias personales, requiere de una fe que esté abierta a la novedad de Dios, a ese Dios siempre mayor que no deja de sorprendernos. Porque Dios se presenta así en nuestra vida ordinaria, en nuestra cotidianidad. Se presenta como una brisa suave, mientras nosotros lo esperamos en tormentas espectaculares. Se presenta en todos aquellos que trabajan por el Reino, es decir por la vida, sembrando semillas de esperanza y de consuelo, luchando por la justicia, construyendo sin ruido fraternidad. Mucho me temo que no pocas veces hemos dejado pasar a Jesús de largo ignorándolo o desestimando como poco relevantes los encuentros fraternos con que nos cruzamos en la vida.
Hay múltiples caminos para incrementar la fe, una fe más auténtica, más profunda. Voy a señalar tres de ellos (tomado de J.A Pagola):
1) Del peso de la vida a ponerla en manos de Dios: “Desde lo hondo grito a ti Señor”. Hacer presente a Dios en los momentos difíciles, de dificultades y de sufrimiento, para que él oriente nuestros deseos y expectativas.
2) De la alegría de vivir a la acción de gracias. Si dentro de nosotros hay fe, es el momento del agradecimiento a Dios. Sin duda debemos mucho a personas que nos acompañan, pero ¿a quién agradecer el ser, la vida, esa alegría que experimentamos?, ¿hacia quién dirigir nuestra acción de gracias?, ¿hacia la vida o hacia ese Dios que es fuente y origen de todo bien?
3) De la culpa a la acogida del perdón. También sentimos en nosotros la «mala conciencia» y la culpabilidad. No estamos a gusto con nosotros mismos. ¿Qué hacer con la culpabilidad? Podemos ignorarla o tratar de ahogarla de mil maneras. Podemos también acoger el perdón y la ternura de Dios. Ante él no necesitamos disculparnos ni defendernos. Tal vez no hay gracia mayor que la de creer cada vez más en el perdón infinito de Dios.
A las gentes de Nazaret no les costó mucho desacreditar a Jesús. Neutralizaron su presencia con toda clase de preguntas, sospechas y recelos. No se dejaron enseñar por él, ni se abrieron a su fuerza curadora. Para entender a Jesús hay que entrar en contacto con él y sentirse invitado a vivir de una manera nueva, donde cobre significado la alegría de vivir, la compasión y la voluntad de crear un mundo más justo. Para ello, es necesario experimentar su fuerza salvadora, es necesario dejarnos curar por él: recuperar poco a poco la libertad interior y liberarnos de miedos que nos paralizan. Sólo se curan quienes creen en él.
TAREA. EXAMEN
Marcos 6,1-6 No desprecian a un profeta más que en su tierra
En aquel tiempo, fue Jesús a su pueblo en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: “¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es ésa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?” Y esto les resultaba escandaloso. Jesús les decía: “No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa.” No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se extrañó de su falta de fe. Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.