Lecturas: 2Sam 7, 1-5. 8-11, 16; Sal 88; Rm 16,25-27; Lc 1, 26-28
Estamos en el IV Domingo de Adviento, próximo a la Navidad. El evangelio nos presenta la escena de la anunciación del Ángel a María, que bien nos puede preparar para la celebración de la Navidad. Vamos a hacer un recorrido por él mismo.
El evangelio que da a conocer el comienzo de la acción salvadora de Dios para con los hombres, nos sorprende con tres puntos que llaman a reflexión, y que sirven para realizar una contemplación del arranque de la Navidad:
Lo primero que le dice el Ángel a María es “alégrate”. Es el primer sentimiento que quiere poner en claro el Ángel a María, puesto que viene a traer una buena noticia para la humanidad entera. Como entonces, hoy Dios viene ofreciendo alegría a nuestras vidas. Nuestro Dios es un Dios de vida que quiere la felicidad de todos. Por eso viene a nosotros, sale a nuestro encuentro. Esta alegría no es un mero sentimiento de euforia pasajera, sino que nace de la cercanía de un Dios que sale a buscarnos en el camino de nuestras vidas.
En un mundo donde la alegría está asociada fuertemente a momentos de disfrute festivo pasajero, nos cuesta penetrar en ese fondo de una alegría que permanece en medio de las rutinas de nuestras vidas, como tónica vital que ilumina aun los momentos más oscuros, que nos mantiene en la esperanza siempre renovada.
El Ángel prosigue, “el Señor está contigo”. Hay razón alegrarse, puesto que el Señor se ha hecho presente en María. Es la razón última de la alegría de María y, otro tanto, para la nuestra. . Estemos alegres, pues Dios se ha hecho cercano, se ha plantado en medio de nosotros.
El Ángel no se detiene y continua diciendo: “No temas, María”. En María, el Señor halló gracia, vio reflejada en ella su propia bondad. La cercanía de Dios aleja todo temor. En Jesús, hemos descubierto que nuestro Dios está lleno de bondad, que no hay espacio para el temor, para el miedo; que nos busca y nos quiere, no pocas veces, a pesar de nosotros mismos; que nos consiente con amor de madre.
El Ángel anuncia a María que “dará a luz a un hijo…”. Dios se ofrece, toma la decisión de hacerse hijo de una muchacha de Nazaret. Y le propone a María una gran misión, pues le pondrá por nombre Jesús, que quiere decir “Dios Salva”.
María queda perpleja. No entiende el mensaje del Ángel y pide una aclaración: “¿Cómo sucederá esto?” La respuesta es, por la acción de Dios que actúa por medio del Espíritu. María lo entiende y responde de corazón: “Yo soy la esclava del Señor, cúmplase en mí lo que me has dicho”. Las palabras de María son expresión abierta y generosa de disponibilidad. En la misión que el Señor le ha encomendado, María pondrá en marcha su cuerpo, su alma y toda su vida.
En María se realiza el encuentro de Dios con la humanidad. Pero este encuentro no se agota en ella, sino que se encuentra prolongada en nosotros. Cada uno de nosotros tenemos una palabra dirigida por Dios. Es una palabra personal que llega a nuestra propia identidad. Esta palabra espera una respuesta generosa como la de María.
El “cúmplase en mí” no se realiza de modo automático, sino que es un proceso que abarca toda nuestra vida. Atravesaremos un camino sembrado de dudas y, a veces, de angustias. La invitación es atravesarlas desde la disponibilidad y la confianza en Dios. Siempre tengamos presente que a lo que hemos sido llamados es a colaborar en su Reino de justicia, de misericordia y de fraternidad; que podemos resumir como acercar a los hombres y mujeres de nuestro mundo a vivir en sus vidas la presencia de Jesús que salva.
TAREA
Lucas 1,26-38
En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María. El ángel, entrando en su presencia, dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.” Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél. El ángel le dijo: “No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le podrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.” Y María dijo al ángel: “¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?”
El ángel le contestó: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.” María contestó: “Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.” Y la dejó el ángel.